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Violencia sexual contra los hombres,
un debate sobre las violencias
basadas en género

Por: Evelyn Acevedo Rueda

Durante el conflicto armado, la violencia sexual fue un arma de guerra. Pero, los hombres víctimas de este flagelo también pueden ser víctimas invisibles de algo más complicado: la VBG.

Luego de la firma del proceso de paz en Colombia, en la academia se empezaron a analizar desde diferentes aristas los macrocasos en los que la JEP buscaba investigar y esclarecer los hechos más graves del conflicto armado colombiano. Uno de los once casos trataba específicamente de la violencia basada en género, “incluyendo violencia sexual y reproductiva y otros crímenes por prejuicio, y en las dinámicas de guerra, que reflejan y multiplican las discriminaciones estructurales que históricamente han afectado a mujeres, niñas y personas con orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género diversas”.

La investigación está centrada en los motivos y lógicas que tenían estas organizaciones, que se sustentan en relaciones dominantes de género reproducidas en el conflicto armado a través del uso de las armas y el ejercicio del poder. En este contexto, cientos de hombres fueron violentados sexualmente: recientemente un fallo de La Sala de Reconocimiento de Verdad de la JEP reconoció a 104 hombres como víctimas de violencia sexual cometida en el contexto del conflicto armado, en hechos perpetrados por grupos paramilitares con la posible tolerancia de integrantes de la fuerza pública.

Este reconocimiento representó un hito en el reconocimiento de las violencias basadas en género que se dieron durante el conflicto armado y permitió visibilizar ciertos patrones, causas, consecuencias e impactos diferenciados de la violencia sexual durante el conflicto armado en hombres y niños, identificados en su mayoría como heterosexuales y cisgénero.

Según las investigaciones de Gabriel Gallego, profesor e investigador de la Universidad de Caldas y experto en estudios de población y de género, estos actos no solo buscaban humillar físicamente, sino quebrar la identidad masculina de las víctimas. El objetivo era “feminizar” al otro: arrebatarle su virilidad y situarlo en una posición de inferioridad. Las víctimas sufrieron lesiones corporales, secuelas en su salud sexual y reproductiva, así como afectaciones psicológicas graves, entre ellas ansiedad, depresión, culpa y vergüenza. Además, estos daños se vieron agravados por la ruptura de vínculos familiares y comunitarios, así como por la pérdida de confianza en las instituciones estatales, lo que limitó las posibilidades de reconstruir sus proyectos de vida. Todos estos impactos se encuentran estrechamente relacionados con la imposición de silencios forzados, producto de los mandatos de la masculinidad hegemónica que sancionan socialmente a los hombres víctimas de violencia sexual, ubicándolos en un lugar de subordinación y despojándolos de su “virilidad” en contextos atravesados por lógicas patriarcales y militarizadas.

En ese sentido, Gallego propone un debate que puede llegar a ser controversial: la violencia sexual contra los hombres durante el conflicto armado fue también una violencia basada en género, aunque el marco jurídico colombiano no la reconozca como tal. Esto dijo Gabriel en una entrevista realizada para el medio Conexión Externado durante el XVI Encuentro Internacional de Periodismo

Ahora bien, de acuerdo con los indicadores de justicia de la Corporación Excelencia en la Justicia, para 2024 en el país por cada 100mil habitantes se presentaron aproximadamente 58 casos de delitos sexuales. El 81% de estas víctimas eran mujeres y casi el 18% eran hombres. Podría decirse, entonces, que la violencia sexual contra los hombres, no solo en el conflicto armado sino en otros contextos, se trata de un fenómeno social profundamente silenciado y subregistrado, marcado por estereotipos e ideas sobre lo que significa ser “hombre” en el contexto de una cultura patriarcal. Gallego lo explica de esta forma.

No obstante, este debate genera tensión porque los ataques a hombres también pueden tener significados diferentes según el contexto. Paula Drumond, investigadora en temas de género, paz y seguridad del Instituto de Relaciones Internacionales de la PUC-Río, explica que estas violencias a veces tienen un uso sexual por humillación, dominación o erotización, pero en otros casos la violencia tiene fines políticos, de tortura o castigo. Drumond distingue, entonces, entre violencia sexualizada, donde el cuerpo masculino se usa como un lenguaje de humillación sexual, y violencia no sexual, donde el daño genital es una forma más de tortura, sin intención erótica o simbólica ligada al sexo. 

En su artículo “What about men? Towards a critical interrogation of sexual violence against men in global politics”, la autora enfatiza que esta violencia debe entenderse dentro de las estructuras de género, poder, raza y etnicidad. No todos los hombres son igualmente vulnerables y muchos no son atacados en razón de su género, sino por su posición dentro de jerarquías sociales o étnicas. Es peligroso, entonces, tener una visión homogénea del hombre víctima, y cuando las instituciones dicen “las mujeres y los hombres también”, sin cuestionar las jerarquías patriarcales, finalmente se termina reproduciendo el mismo sistema desigual que originó la violencia.

Fernando Angulo, sociólogo y especialista en estudios feministas y de género de la Universidad Nacional, considera que la violencia sexual en el marco del conflicto armado fue utilizada como un arma de guerra contra hombres y mujeres. Sin embargo, Angulo no considera que esta violencia sexual contra los hombres pueda categorizarse dentro de la violencia basada en género. Así lo explica

En este sentido, es fundamental reconocer que las violencias pueden tener significados diferentes y ser ejercidas en contra de los hombres por su posición de vulnerabilidad y no en razón de su género, sin embargo estas violencias están sustentadas en una idea de lo que es la masculinidad hegemónica, una configuración cultural y social que legitima el poder de los hombres sobre las mujeres y la subordinación de otras masculinidades, como explica Conell. Así, podría llegar a plantearse que el uso de la violencia sexual como forma de demostración de esta masculinidad hegemónica, no solo en el contexto del conflicto armado sino en otros contextos, puede entrar a considerarse una violencia de género. Sin embargo, como se mencionaba anteriormente, se trata de un fenómeno invisibilizado y subregistrado que requiere de más análisis e iniciativa por conocer estas subjetividades. 

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