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El cuerpo femenino como territorio de guerra

Por:  Katherin Arévalo Carrión

Durante siglos, la violencia sexual fue el secreto más incómodo de la guerra. Se hablaba de bajas militares, del número de fusiles perdidos o recuperados y de los territorios conquistados, pero se guardaba silencio sobre lo que ocurría en las aldeas arrasadas y en los cuartos olvidados donde los cuerpos de las mujeres se convertían en un botín más. La historia oficial siempre se escribió con cifras; la historia que vivieron las mujeres se escribió sobre sus cuerpos.  

Cuando estalló la guerra en Bosnia a principios de los años noventa, el mundo se enfrentó de golpe a un horror que había preferido ignorar, la violencia sexual como arma estratégica. En los Balcanes, el conflicto se libró también con cuerpos. Miles de mujeres fueron secuestradas, trasladadas a centros clandestinos, violentadas de manera sistemática y forzadas a embarazos que buscaban destruir identidades colectivas. En la ciudad de Foča, por ejemplo, las mujeres musulmanas eran retenidas para ser violadas con un propósito preciso. Allí, la guerra se inscribió en la piel como una frontera impuesta.  

La historia cambió en 2001, cuando el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia reconoció por primera vez la violación como crimen de lesa humanidad en el llamado Caso Foča. El cuerpo femenino fue nombrado, al fin, como campo de batalla. Esta declaración abrió un camino que se reafirmó en 2008 con la Resolución 1820 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en la que se reconoció que la violencia sexual es una táctica militar y una amenaza directa a la paz. El cuerpo de las mujeres dejó de ser un daño colateral para convertirse en evidencia de dominación.  

Lo que para muchos fue una revelación, en Colombia ya era una realidad histórica. El conflicto armado colombiano utilizó estrategias similares de control y castigo que también recayeron sobre las mujeres. Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, entre 1958 y 2020 se registraron más de 15.760 víctimas de violencia sexual dentro del conflicto, de las cuales seis de cada diez son mujeres, y cerca de un 30 por ciento eran niñas o adolescentes. La guerra, en el territorio colombiano, marcó de manera particular los cuerpos femeninos.  

El Observatorio de Memoria y Conflicto indica que más de la mitad de estos delitos se concentraron entre 1997 y 2005, los años del auge paramilitar y del fracaso de los diálogos del Caguán. Tanto paramilitares como guerrillas hicieron de la violencia sexual una forma de control social y territorial. En muchos casos, lo que estaba en disputa no era solamente quién dominaba el territorio armado, sino quién dominaba la vida íntima de las comunidades. Allí, el cuerpo de las mujeres se convirtió en una frontera invisible y siempre sitiada.  

Sin embargo, cuando los fusiles callan, la violencia no desaparece. En Bosnia, la llegada de tropas de paz derivó también en la expansión de redes de explotación sexual y trata, respaldadas por mafias que crecieron al amparo de la reconstrucción. La llamada posguerra, en lugar de significar alivio para miles de mujeres, profundizó su vulnerabilidad. En Colombia, las sobrevivientes de violencia sexual debieron enfrentar las consecuencias del trauma sin apoyos suficientes, con pobreza, estigmatización, responsabilidades familiares que recaen únicamente sobre ellas y un silencio social que sigue actuando como una condena.  

En este panorama, surge una pregunta necesaria: ¿cómo narrar estas violencias sin fijar para siempre a las mujeres en la categoría de víctimas? La escritora y Premio Nobel Svetlana Alexiévich lo plantea con claridad en su libro ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, den el que las protagonistas son enfermeras, pilotas, francotiradoras, cocineras y tantas otras mujeres que participaron activamente en la Segunda Guerra Mundial. No son cuerpos derrotados, sino voces que se enfrentan a la borradura histórica. Alexiévich lo resume de forma contundente al afirmar que las mujeres no deben ser reducidas a su dolor, pues muchas veces son quienes sostienen la vida en medio de la destrucción.  

El periodismo narrativo ha seguido este camino y ha buscado nuevas formas de contar la guerra sin revictimizar. Así lo entendió Alba, una periodista española que viajó a los Balcanes con apenas 21 años para investigar la violencia sexual durante la guerra. Lo hizo sin financiación y con la intuición de que había historias que no debían quedar enterradas. Su libro Polilla narra la historia de Nicolina, una mujer sobreviviente de explotación sexual. Alba eligió no mostrarla solamente como víctima, sino como un ser humano complejo y autónomo, capaz de confrontar al dolor y no dejar que este la definiera. La periodista insiste en que el verdadero respeto está en la honestidad, no en la censura o la compasión paternalista.  

En Colombia, la Comisión de la Verdad abrió un espacio crucial para que miles de mujeres pudieran hablar. Entre 2018 y 2021 se recogieron más de 28.000 testimonios, en los que el 89,5 por ciento de los relatos de violencia sexual correspondían a mujeres. Para muchas, era la primera vez que sus palabras salían del encierro del miedo. Una de ellas aseguró ante los comisionados: “Nos usaron para enviar mensajes. Decían que con eso nos iban a callar. Pero no nos callaron. Aquí estoy, hablando por todas las que no pueden”. Esa frase encarna el acto político más profundo que es nombrarse a sí misma para recuperar lo que la guerra intentó arrebatar.  

La violencia sexual deja heridas que la justicia no logra cuantificar. Es un daño que se instala en la rutina, en el modo en que una mujer aprende a caminar siempre alerta, en las calles que evita, en el miedo que acompaña incluso los espacios que se consideran seguros. La guerra enseña una pedagogía del miedo que persiste aun cuando se habla de paz. El cuerpo femenino continúa en disputa. Se controla su apariencia, su comportamiento, su forma de desear, de opinar, de existir. Aunque los disparos cesen, los mecanismos de dominación permanecen. La guerra continúa dentro de lo cotidiano. 

Por esa razón, los organismos internacionales insisten en que no habrá paz duradera mientras la violencia sexual siga siendo una práctica normalizada o invisibilizada. La memoria se convierte, así, en una forma de resistencia, y el periodismo, cuando se ejerce con rigor y ética, se transforma en un puente entre la verdad y la reparación simbólica. No se trata de hablar sobre las mujeres, sino con ellas. No se trata de escribir sus silencios, sino de acompañar sus palabras.  

Las mujeres que sobrevivieron en Bosnia, en Colombia, y en el mundo comparten un mismo relato que atraviesa geografías y épocas; fueron atacadas para quebrar una comunidad, pero sobrevivieron para mantenerla en pie. Sus voces contienen el registro más honesto de lo que significa guerrear contra el olvido. Allí, donde la violencia quiso imponer miedo, la memoria se levanta como una forma de justicia. Donde quisieron borrar identidades, aparece la escritura como acto de existencia. Y mientras haya una mujer dispuesta a contar lo que vivió, ninguna guerra podrá borrar la verdad. 

 

Bibliografía 

- Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. (2008). Resolución 1820 sobre violencia sexual en conflictos armados. Nueva York: ONU.  

- Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY). (2001). Prosecutor v. Kunarac, Kovac and Vukovic (Caso Foča). La Haya.  

- ONU Mujeres. (2015). Informe sobre violencia sexual en posconflictos. Nueva York: ONU.  

- Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), Observatorio de Memoria y Conflicto (OMC). (2021). Estudio de violencia sexual en el marco del conflicto armado en Colombia. Bogotá: CNMH.  

- Comisión de la Verdad. (2022). Informe final. Hallazgos sobre violencia sexual en el conflicto armado. Bogotá: Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad.  

- Alexiévich, S. (2015). La guerra no tiene rostro de mujer. Barcelona: Debate.  

Alba. (2019). Polilla. Barcelona: Editorial independiente.  

Si la primera infografía expuso el cuerpo como un Territorio de Guerra (un mapa de culpas impuestas, vigilancia constante y violencia sistémica) esta pieza propone la reapropiación total. El objetivo es desmantelar el relato patriarcal que nos obliga a vivir en la defensa, afirmando que el cuerpo de la mujer no debe ser ni un campo de batalla, ni un objeto a legislar, ni un ornamento; sino el lugar donde reside la soberanía, la fuerza y la vida. 

Dejamos de ser el reflejo de la amenaza para convertirnos en el eco de nuestra propia verdad. Este diseño es una declaración de autonomía, un ejercicio de curación visual que celebra cada zona corporal como un espacio de poder innegociable. Se trata de una cartografía como manifiesto visual de cómo el cuerpo femenino debería ser un territorio de paz, respeto y absoluta autodeterminación. 

 

 

 

A lo largo de las páginas de este reportaje, se ha intentado desentrañar la compleja red de violencias que convierten el cuerpo de la mujer en un territorio constantemente disputado. El análisis busca profundizar en los mecanismos sociales, culturales y legislativos que imponen una carga de justificación y un estado de alerta permanente. Al demostrar que la seguridad y la dignidad femenina no son derechos garantizados, sino concesiones que deben ser peleadas a diario. Esta investigación no solo diagnostica la violencia estructural, sino que también cuantifica el costo emocional y político de la existencia bajo constante sospecha y juicio. 

Sin embargo, el objetivo final no es solo la denuncia, sino la construcción de un futuro libre. Al confrontar esta cruda realidad, emerge el camino hacia la reapropiación. El valor intrínseco de la mujer no requiere demostración y su soberanía es inalienable. La conclusión categórica de este reportaje es la exigencia de que el cuerpo femenino sea, sin condiciones, un espacio de paz, autonomía y libertad. La responsabilidad de garantizar que esta visión se materialice en cada calle, hogar y ley, recae en la acción colectiva y la determinación de todos. 

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