Violencia intrafamiliar, el hombre como víctima invisible
Por: Daniela Lucia Hernández
Desde enero hasta julio del 2025, la Secretaría de Seguridad de Bogotá reportó 17.000 casos de violencia intrafamiliar contra mujeres, una cifra alarmante; sin embargo, durante el mismo periodo de tiempo hubo 6.193 denuncias por parte de hombres que afirman ser víctimas de violencia intrafamiliar, principalmente por parte de su pareja. Se entiende que las mujeres son las principales víctimas de este fenómeno, pero la violencia no discrimina. El ideal de masculinidad que predomina en el país niega la posibilidad de que un hombre pueda ser víctima de violencia intrafamiliar, invisibilizando un fenómeno que cuestiona este ideal y deja en evidencia cómo el hombre también es víctima de un sistema patriarcal.
¿Cómo se ve una víctima?
La masculinidad hegemónica está compuesta por una serie de mandatos: reglas y actitudes que definen cómo debe ser un hombre. Dentro de estos mandatos de masculinidad se dice que el hombre debe ser fuerte, agresivo, se le relaciona con la ira y la violencia. Manuel Roberto Escobar, profesor de Psicología de la Universidad Javeriana, enfocado en temas de cuerpo, género y subjetividad, responde cómo se entiende este mandato:
Asimismo, la docente investigadora Diana María Cárdenas Azuaje, especialista en estudios feministas y de género, relata cómo a través de dibujos se refleja la percepción de masculinidad de los jóvenes:
Entendiendo esto, el hombre víctima de violencia choca con el ideal de masculinidad. En el ensayo “Violencia de género hacia hombres en relaciones de pareja heterosexuales: Reflexiones desde las masculinidades latinoamericanas” (Parada Ballesteros, P., 2024, Revista Central de Sociología, 19(19), 63-81) afirma que “la masculinidad pierde su relevancia cuando representa lo opuesto a estos estándares y, además, cuando prevalece la vulnerabilidad. En la concepción social, la vulnerabilidad no es considerada masculina y, por ende, no se le otorga, e incluso, no es digna de importancia”.
Además, choca con el concepto de víctima ideal. Víctima que debe ser débil y femenina. Esto se conoce como supremacía psicológica; se da por la concepción generalizada de los roles de género femenino y masculino.
Alexandra Sandoval, directora de la Unidad de Género de la JEP, explica cómo el género influye en una situación de violencia y presenta el término acción feminizadora, que apela a construcciones sociales que establecen modelos hegemónicos femeninos y masculinos, estableciendo la existencia de la víctima ideal (mujer) y el victimario ideal (hombre), rechazando la posibilidad de un hombre como víctima.
La violencia intrafamiliar dirigida a hombres se convierte en un ataque a la identidad, no solo por la “desmasculinización” del hombre al reconocerse como víctima, sino porque se ejerce violencia psicológica cuestionando el rol de género que desempeña la víctima y atacando los símbolos de su propia masculinidad, lo que lo define como hombre. Asimismo, el hombre víctima queda en una posición de parálisis al ser una mujer la victimaria, ya que rompe con el guion de masculinidad, que permite la violencia entre hombres, pero también hay una objeción moral frente a la violencia en contra de la mujer. Entonces, si la víctima se defiende, es un mal hombre, pero si no lo hace “pierde su masculinidad”. Es por esto que se tiende a normalizar y minimizar la violencia como una forma de defender su rol en sociedad.
Naturalización de la violencia
La violencia económica como una forma de violencia intrafamiliar no es perceptible a simple vista; la presión que genera el deber de ser proveedor reduce la expresión de violencia al cumplimiento de un rol. Algo similar sucede cuando hay violencia física: se niega y se justifica con comentarios como “es jugando”. En la investigación “Hombres receptores de violencia en el noviazgo”, escrita por Karina Pacheco Maldonado y José Gerardo Castañeda Figueroa, docentes investigadores de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, México, identifican la naturalización y normalización de la violencia; el hombre no se identifica como víctima. Los investigadores resaltan que para el hombre es más sencillo minimizar el golpe como forma de defender su “masculinidad” que replantear su identidad.
La violencia en contra de los hombres no posee un lenguaje ni una forma de nombrarse; de esta manera se invisibiliza la violencia tanto para quien la vive como para el sistema que lo debe proteger. Por ende, cuando un hombre logra reconocerse como víctima, se encuentra con barreras que no le permiten hablar y denunciar la situación: se enfrentan a la vergüenza social, a ser ridiculizados por las autoridades y a la incredulidad.
La violencia en distintas formas
Una de las principales causas de la invisibilización de la violencia intrafamiliar hacia hombres es la escasez. Según la Revista Internacional y Multidisciplinaria de Ciencias Sociales (RIMCIS), de 465 artículos solo se identificaron 16 estudios para toda América Latina en 20 años que indagan acerca de la violencia de pareja en contra del hombre (Guzmán, Rojas, 2022, pág. 3, La violencia hacia el hombre en la pareja heterosexual en el contexto latinoamericano: una revisión de principales hallazgos y aspectos metodológicos). Esto genera desafíos en las herramientas y procesos de prevención, judicialización y protección, ya que se enfocan principalmente en la mujer cisgénero como víctima. Se destaca que las mujeres son las más afectadas por este fenómeno; sin embargo, estas herramientas y procesos de prevención y tratamiento de víctimas se estandarizan, ignorando que la forma de expresar, experimentar e interpretar la violencia difiere teniendo en cuenta el género, la clase social, la etnia, etc.
Esta idea cuestiona el concepto de simetría de género, la cual, por medio de encuestas poblacionales, afirma que los hombres y mujeres ejercen y reciben violencia de pareja en tasas y proporciones similares. Michael P. Johnson, profesor emérito de Sociología y Estudios de la Mujer en Penn State (Pennsylvania State University), en su libro “A Typology of Domestic Violence: Intimate Terrorism, Violent Resistance, and Situational Couple Violence” (2011), menciona que la simetría de género es una falacia, puesto que no observa el contexto ni identifica subtipos de violencia. Propone identificar patrones de dominación que indaguen y profundicen en los diversos contextos, interpretaciones e impactos que atraviesan una situación de violencia de pareja.
Además, la estandarización y los sesgos culturales generan que la sociedad y las mismas instituciones asuman que la violencia física es la única evidencia de abuso. De este modo, si no se ve, no se reconoce, afectando la credibilidad de la víctima masculina, que es más común que sufra violencia psicológica que física. Asimismo, se evidencian los matices en la naturaleza del miedo. Según el artículo del Journal of Criminology (2022), escrito por Sandra Walklate, Kate Fitz-Gibbon, Ellen Reeves, Silke Meyer y Jasmine McGowan, investigadoras especializadas en violencia de género y familiar, mencionan que los hombres tienden a sentir en menor medida miedo físico y aumenta la sensación de fracaso y pérdida de control, contrario a la sensación que experimenta una mujer, que sí manifiesta un miedo y amenaza física.
Ver más allá
Para concluir este reportaje, se entiende que la violencia en el contexto familiar hacia el hombre ataca la identidad masculina; la violencia psicológica cumple un papel central y los roles de género invisibilizan esta violencia. De igual manera, se observa que, pese a los diferentes obstáculos, ya se están creando estrategias y proyectos como la Línea Calma, que opera en Bogotá, la cual asesora, escucha y promueve un acompañamiento psicoeducativo para los hombres. Este tipo de estrategias amplían el enfoque de género y están orientadas a un grupo con necesidades específicas. Es un primer paso para que el sistema y la sociedad se permitan no solo visibilizar realidades que incomodan sino también problematizarlas y buscar soluciones reales que nos alejen del estigma.



